Jesús no es una consigna: fe, poder y respeto en el espacio público

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Rvdo. Iván Garza | Diócesis del Norte.- En días recientes, las declaraciones del presidente colombiano Gustavo Petro en torno a Jesús han generado reacciones encontradas. Para algunos, sus palabras buscan reivindicar una lectura social del Evangelio; para otros, cruzan una línea delicada: la instrumentalización de la figura de Cristo para fines políticos. Más allá de simpatías o antipatías ideológicas, el debate toca un punto esencial en toda sociedad plural: el respeto a la fe de los demás.
Jesús de Nazaret no es un símbolo neutro ni una metáfora disponible para cualquier causa. Para millones de creyentes es el Hijo de Dios, Señor y Salvador; para otros, un maestro espiritual; para algunos más, una figura histórica. Precisamente por esa diversidad de miradas, el uso público de su nombre exige una prudencia especial. Cuando un gobernante habla de Jesús, no lo hace solo como ciudadano, sino desde una posición de poder que amplifica sus palabras y las carga de intención política.

El problema no es reflexionar sobre la dimensión social del mensaje cristiano —algo legítimo y presente en la tradición bíblica—, sino reducir a Jesús a una consigna ideológica, moldearlo según el discurso del momento o presentarlo como aval de un proyecto político concreto. En ese punto, la fe deja de ser respetada y comienza a ser utilizada.

La historia ofrece lecciones claras. Cada vez que el poder ha intentado apropiarse de lo sagrado, el resultado ha sido la deformación tanto de la política como de la religión. Jesús no pertenece a la izquierda ni a la derecha, no es patrimonio de un gobierno ni de una oposición. Su mensaje interpela a todos, incomoda a todos y no puede ser domesticado por ningún sistema.

En sociedades democráticas y diversas, el respeto a la fe ajena no implica silencio religioso, pero sí responsabilidad. Un presidente puede expresar sus convicciones personales, pero debe evitar hablar en nombre de las creencias de otros o reinterpretarlas desde el poder como si fueran un programa de gobierno.

Tal vez el verdadero respeto a Jesús —y a quienes creen en Él— comienza cuando se reconoce que su figura no necesita ser defendida ni usada por ningún político. La fe no requiere tutela del Estado, y el Estado no debería servirse de la fe para legitimarse.

En tiempos de polarización, conviene recordarlo: la religión es un terreno sagrado para muchos, y el respeto no se demuestra citando a Jesús, sino evitando convertirlo en herramienta de disputa.

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