A menudo se nos pregunta —a veces con curiosidad sincera, otras con sospecha— cómo es posible que quienes pertenecemos a la Comunión Anglicana nos llamemos también católicos. La pregunta no es menor, porque toca el corazón de nuestra identidad eclesial. Y la respuesta es más sencilla —y más profunda— de lo que muchos imaginan.
Ser católico no es, en su sentido más original, una cuestión de jurisdicción, sino de plenitud. El término katholikós significa “según el todo”, “universal”. Cuando la Iglesia confiesa en el Credo que es una, santa, católica y apostólica, no está describiendo una marca denominacional, sino una vocación: ser la Iglesia entera de Cristo, fiel a la fe apostólica, presente en todos los tiempos y lugares.
En ese sentido, el anglicanismo no nació como una ruptura con la catolicidad, sino como una reforma dentro de ella. La Iglesia de Inglaterra nunca pretendió fundar una nueva Iglesia, sino purificar la fe recibida, conservar la sucesión apostólica, la estructura episcopal, la vida sacramental y la centralidad de la Eucaristía, al tiempo que corregía abusos doctrinales y pastorales que oscurecían el Evangelio.
Por eso, el anglicanismo se entiende a sí mismo como católico y reformado. Católico, porque conserva los credos antiguos, los concilios ecuménicos, el ministerio ordenado histórico y una liturgia profundamente enraizada en la tradición de la Iglesia indivisa. Reformado, porque afirma que la Iglesia debe estar siempre bajo el juicio de la Palabra de Dios, en constante conversión y discernimiento.
Nuestra catolicidad no se expresa en la uniformidad, sino en la comunión. La Comunión Anglicana es un cuerpo diverso, extendido por culturas, lenguas y contextos distintos, unido no por un centro jurídico absoluto, sino por la fe común, la vida sacramental y el episcopado histórico. Esto no es debilidad: es una forma distinta —y profundamente antigua— de vivir la unidad cristiana.
En la tradición católica del anglicanismo, los sacramentos no son símbolos vacíos, sino signos eficaces de la gracia. La Eucaristía es el centro de la vida cristiana; el Bautismo nos incorpora al Cuerpo de Cristo; la Confirmación, la Reconciliación, el Matrimonio, la Unción y el Orden Sagrado forman parte de una vida sacramental viva, pastoral y encarnada. No creemos en una fe abstracta, sino en una fe que se toca, se celebra y se vive.
Asimismo, honramos la Comunión de los Santos, no como intermediarios que sustituyen a Cristo, sino como testigos de lo que la gracia puede hacer en una vida humana. La memoria de los santos —bíblicos e históricos— nos recuerda que la santidad no es un ideal inalcanzable, sino una vocación real.
Ser católico en el anglicanismo también implica una eclesiología sinodal: caminar juntos, discernir en comunidad, aceptar que la autoridad en la Iglesia no se ejerce como imposición, sino como servicio. La verdad no se protege silenciando la diversidad, sino escuchándola a la luz del Espíritu.
No somos “menos católicos” por no pertenecer a Roma. Somos católicos porque pertenecemos a Cristo, porque permanecemos en la fe apostólica, porque celebramos los sacramentos, porque vivimos la Iglesia como misterio, no como propiedad. Nuestra catolicidad no es prestada ni de segunda categoría: es vivida, sufrida, celebrada y esperanzada.
En un mundo fragmentado y herido, la tradición católica del anglicanismo ofrece un testimonio necesario: unidad sin uniformidad, tradición sin inmovilismo, autoridad sin autoritarismo, fe sin miedo.
Y eso, hoy más que nunca, también es profundamente católico.




