Cuando el silencio no edifica, sino encubre
Pbro. Iván Garza | Diócesis del Norte
En no pocas ocasiones, cuando alguien alza la voz ante una injusticia o una incoherencia dentro de la vida eclesial, surge la frase: “¡Cállate, que haces daño a la Iglesia!”. Pero conviene preguntarnos con honestidad evangélica: ¿qué daña más al Cuerpo de Cristo: la denuncia hecha con caridad o el silencio que encubre el pecado?
La Sagrada Escritura no es un libro que maquille la historia del Pueblo de Dios. Desde el becerro de oro hasta las negaciones de Pedro, la Biblia expone con crudeza las infidelidades del pueblo elegido. No lo hace para escandalizar, sino para mostrar que la misericordia de Dios actúa precisamente allí donde la verdad es reconocida. Como afirma San Pablo, la Palabra de Dios “no está encadenada” (2 Tim 2,9). Tampoco debería estarlo en la vida de la Iglesia.
En la tradición anglicana, profundamente arraigada en la centralidad de la Escritura, sostenemos que la Iglesia está llamada a vivir bajo el juicio permanente de la Palabra. El artículo VI de los Treinta y Nueve Artículos de Religión afirma que la Sagrada Escritura contiene todo lo necesario para la salvación. Esa convicción implica que ningún poder humano dentro de la Iglesia está por encima del Evangelio. La autoridad eclesial no es dominio, sino servicio; no es blindaje institucional, sino fidelidad a Cristo.
Los profetas —Jeremías, Amós, Isaías— no fueron agitadores sin causa, sino hombres inflamados por la santidad de Dios. También Juan el Bautista pagó con su vida la valentía de decir la verdad. Y el mismo Señor Jesús no dudó en denunciar la hipocresía religiosa cuando ésta impedía que el pueblo encontrara el rostro auténtico del Padre.
La historia cristiana confirma esta dimensión profética. Pensemos en Óscar Romero, cuya voz denunció la injusticia aun cuando muchos le pidieron prudencia entendida como silencio. Su testimonio nos recuerda que callar frente al pecado estructural no preserva la comunión; la vacía de verdad.
En el ámbito anglicano, hemos aprendido —no sin dolor— que la transparencia es parte esencial de la catolicidad. La comunión no se construye ocultando conflictos, sino afrontándolos con espíritu sinodal, oración y responsabilidad. La sinodalidad no es mera estructura organizativa, sino práctica evangélica de escucha mutua bajo la guía del Espíritu Santo.
Como Iglesia, no podemos confundir unidad con uniformidad ni paz con ausencia de conflicto. La auténtica unidad brota de la verdad vivida en caridad. San Pablo exhorta a “decir la verdad en amor” (Ef 4,15). Esa es la clave: no se trata de destruir, sino de edificar; no de humillar, sino de llamar a la conversión.
Cuando una voz dentro de la Iglesia denuncia con respeto, siguiendo la corrección fraterna y buscando el bien común, no está atacando a la Iglesia: está ejerciendo su vocación bautismal. En nuestra eclesiología anglicana, todo bautizado participa del sacerdocio común de los fieles. Por tanto, la responsabilidad de custodiar la fidelidad al Evangelio no recae únicamente en el clero, sino en todo el Pueblo de Dios.
En la Diócesis del Norte, estamos llamados a cultivar una cultura eclesial donde la verdad no sea temida, sino discernida; donde el diálogo no sea sospechoso, sino necesario; donde la autoridad no sea autorreferencial, sino evangélica. El silencio puede ser prudente cuando protege la dignidad de las personas, pero se vuelve cómplice cuando encubre injusticias o errores graves.
La Iglesia no se debilita cuando reconoce sus faltas; se purifica. No se divide cuando dialoga con sinceridad; madura. No pierde autoridad cuando escucha; la gana en credibilidad.
Gritar contra la Iglesia por odio o resentimiento hiere la comunión. Pero alzar la voz desde la fe, con lágrimas si es necesario, para llamar a la coherencia evangélica, es un acto de amor profundo al Cuerpo de Cristo.
Que el Espíritu Santo nos conceda discernimiento para saber cuándo callar y cuándo hablar; humildad para aceptar la corrección; y valentía para no encadenar la Palabra. Porque una Iglesia que vive en la verdad es una Iglesia que verdaderamente refleja la luz de Cristo.




