Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte
Jesús nos presenta hoy la imagen de un rey que prepara un banquete de bodas e invita a muchas personas, pero estas rechazan la invitación porque están ocupadas en sus propios asuntos.
Dios también nos invita cada día a su mesa. Nos llama a vivir en su amor, a servir al prójimo y a descubrir su presencia en quienes sufren. Sin embargo, muchas veces estamos tan preocupados por nuestros problemas, nuestras ambiciones y nuestras heridas que olvidamos escuchar su voz.
Lo más hermoso de este Evangelio es que, cuando los primeros invitados rechazan la invitación, el rey manda llamar a todos los que encuentra por los caminos. Esto nos recuerda que el amor de Dios no se limita a quienes se consideran dignos, perfectos o importantes; su invitación alcanza también a los olvidados, a los rechazados y a quienes la sociedad ha dejado al margen.
¡Qué hermoso mensaje para nuestra vida cristiana! La Iglesia debe ser una mesa abierta, un lugar donde el que llora encuentre consuelo, donde el que tiene hambre encuentre alimento y donde quien ha perdido la esperanza pueda descubrir que Dios no se ha olvidado de él.
Pero Jesús también nos habla del traje de fiesta. No basta con aceptar la invitación de Dios solamente con palabras; es necesario revestirnos de misericordia, humildad, justicia y amor. Nuestra fe debe notarse en la manera en que tratamos a los demás, especialmente a los más vulnerables.
Hermanos, quizá hoy lleguemos a la presencia de Dios con cansancio, con preocupaciones o con heridas que nadie conoce. No importa cómo lleguemos: lo importante es permitir que su gracia transforme nuestro corazón.
Dios ha preparado la mesa. La invitación está hecha. No permitamos que las preocupaciones de este mundo nos hagan perder la oportunidad de encontrarnos con Él.
Que nuestra vida sea una respuesta generosa a su llamado y que, al encontrarnos con Cristo, aprendamos también a abrir nuestras puertas a quienes más necesitan amor.
Que así sea. Amén. �




