Fotografías impecables, sonrisas ensayadas, abrazos fraternales y discursos sobre la unidad. Pero detrás de las cámaras, la realidad es otra: disputas por el poder, guerras jurídicas, ambiciones personales y una Iglesia desgarrada por quienes deberían custodiar su unidad.
¡Qué vergüenza predicar el Evangelio de Cristo mientras se practica la política más miserable en nombre de la Iglesia!
Se llaman hermanos frente al altar, pero se tratan como enemigos en las reuniones. Hablan de comunión mientras levantan bandos; predican humildad mientras se aferran a los cargos; invocan los cánones no siempre para hacer justicia, sino para derrotar al adversario.
Señores obispos: la mitra no santifica la ambición, la investidura no justifica la soberbia y ninguna victoria legal garantiza autoridad moral.
La Iglesia no es un partido político, las diócesis no son feudos y los fieles no son piezas de ajedrez para sus disputas de poder.
Cristo no los llamó a conquistar posiciones, sino a lavar los pies. No los consagró para dividir a su pueblo, sino para pastorearlo. ¿De qué sirve hablar de unidad ante las cámaras si, a puerta cerrada, se alimenta la división?
Y mientras ustedes pelean por quién manda, otros pierden la fe, las comunidades se fracturan y el Evangelio queda desacreditado por el escándalo de sus propios ministros.
La pregunta no es quién ganará la batalla jurídica. La pregunta es cuánta Iglesia quedará en pie después de tanta ambición.
No necesitamos más fotografías de unidad. Necesitamos arrepentimiento, justicia y conversión. Porque el problema no se resuelve cambiando de adversarios, sino renunciando a la soberbia que convierte a los hermanos en enemigos.
Y que nadie se sienta excluido de este examen, tampoco quien escribe. Todos debemos preguntarnos si servimos a Cristo o si, en algún momento, comenzamos a servirnos de su Iglesia.
¡Basta de utilizar lo sagrado para legitimar intereses humanos!
La Iglesia no les pertenece. No es su propiedad, no es su trono y no es su campo de batalla.
Es la casa de Cristo. Y ya es hora de que dejen de ensuciarla mientras sonríen para la fotografía.




