✍️Por: Rvdo. Iván Garza | Diócesis del Norte
En el marco de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, resulta doloroso constatar que, en pleno siglo XXI, todavía existan personas privadas de su libertad por el simple hecho de creer diferente. Lo ocurrido recientemente en la región Mixe, donde un pastor fue detenido por negarse a participar en prácticas contrarias a su fe, nos obliga a levantar la voz.
La libertad religiosa es un derecho humano fundamental.
Podemos y debemos creer en libertad y en conciencia, sin coacciones, sin amenazas y sin castigos. Este derecho no es un favor que concede la autoridad ni una concesión cultural: está reconocido por nuestra Constitución y por los tratados internacionales. Creer, dudar, profesar una fe o no hacerlo es una decisión íntima que nadie tiene derecho a violentar.
La fe auténtica no se impone, se propone.
Obligar a alguien a rezar, a arrodillarse o a participar en ritos que contradicen su conciencia no es tradición: es abuso. Y ninguna costumbre puede estar por encima de la dignidad humana.
Muchos de estos conflictos surgen por la falta de formación sobre la validez y legitimidad de otras denominaciones cristianas. La ignorancia religiosa genera miedo, prejuicio y violencia. Cuando no conocemos al otro, lo descalificamos. Cuando no dialogamos, levantamos muros.
Es urgente recordar algo esencial:
ninguna Iglesia es superior a otra.
Todos somos hijos de un mismo Dios.
La diversidad de expresiones cristianas no es una amenaza, es una riqueza espiritual.
Como ministros de culto tenemos una responsabilidad mayor:
fomentar el diálogo,
promover el ecumenismo,
construir puentes de paz y no trincheras doctrinales.
Esta Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos no puede quedarse en discursos bonitos o gestos simbólicos. Debe traducirse en respeto real, en defensa concreta de la libertad religiosa y en un compromiso serio por erradicar todo tipo de persecución por motivos de fe.
La verdadera religión no encadena, libera.
No humilla, dignifica.
No divide, reconcilia.
Oremos por la unidad, sí, pero también actuemos por ella.
Porque creer distinto no es un delito.
Y la paz se construye cuando aprendemos a respetarnos.




