EDITORIAL.- La Iglesia no es una comunidad de personas perfectas, sino un pueblo en camino. En ella conviven la fe sincera, la búsqueda honesta de Dios y, también, las fragilidades humanas que todos cargamos. Pretender lo contrario es desconocer la naturaleza misma del Evangelio, que no nació para los sanos sino para los heridos.
Es cierto —y sería ingenuo negarlo— que la Iglesia puede convertirse en un espacio atractivo para personas con dinámicas de poder, control o manipulación. La confianza, la buena fe y el deseo de servir crean un terreno fértil no solo para la gracia, sino también para quienes buscan beneficios personales, reconocimiento desmedido o posiciones que no nacen del servicio sino del ego. Esto no es nuevo: el Evangelio mismo da cuenta de estas tensiones desde sus primeras páginas.
Sin embargo, reducir la Iglesia a estas realidades sería profundamente injusto. La mayoría de quienes la conforman —laicos, religiosas, religiosos y clérigos— no buscan dominar, sino amar; no buscan ventajas, sino sanar; no buscan imponerse, sino construir comunidad conforme a la voluntad de Dios. En la Iglesia hay errores, sí, pero también hay una sincera lucha por vivir la bondad que proviene de Dios.
El verdadero peligro aparece cuando se normalizan actitudes que dividen: el rumor constante, la victimización estratégica, la exigencia de tratos especiales, la descalificación de otros cuando no se obtienen beneficios personales. Estas dinámicas no edifican; desgastan, hieren y destruyen el tejido comunitario. Frente a ellas, la respuesta más evangélica no es el enfrentamiento estéril, sino el discernimiento, la claridad y la decisión firme de no entrar en juegos que conducen a la destrucción.
La Iglesia está llamada a edificar, a reconciliar y a sanar. Cuando pierde ese horizonte y se deja arrastrar por el fariseísmo, corre el riesgo de convertirse en un espacio de juicio y exclusión, olvidando que todos somos necesitados de misericordia.
Por eso es urgente orar por los líderes de la Iglesia, para que no se dejen cegar por la soberbia ni por la obsesión de señalar la paja en el ojo ajeno, olvidando la viga en el propio. Solo desde la humildad, la autocrítica y la conversión personal podremos ser una Iglesia creíble, fiel al Evangelio y verdaderamente al servicio del Reino de Dios.




