Por: Rev. Carlomangno Osorio Uran.- A lo largo de la historia bíblica y eclesial, el silencio ha ocupado un lugar ambiguo: puede ser espacio de escucha, maduración espiritual y obediencia a Dios, pero también puede convertirse en una forma elocuente de evasión moral. En el contexto actual, marcado por profundas heridas sociales, injusticias estructurales y crisis de credibilidad institucional, el silencio de la iglesia no pasa desapercibido.
Por el contrario, se vuelve estridente. Cuando la Iglesia calla donde debería hablar, su silencio transmite un mensaje que contradice su misión profética. Este artículo reflexiona, sobre el sentido del silencio eclesial y sus implicaciones espirituales, morales y pastorales.
El silencio en la revelación bíblica
La Sagrada Escritura reconoce el silencio como una experiencia real dentro de la relación entre Dios y su pueblo. Los salmos expresan con crudeza la angustia del creyente ante un Dios que parece callar: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Sal 22,2). Sin embargo, este silencio no implica ausencia, sino un misterio que interpela y purifica la fe. En otros textos, el silencio precede a la acción divina, como un momento de expectación reverente (Hab 2,20; Ap 8,1).
No obstante, la Escritura es igualmente clara al condenar el silencio humano frente al mal. El profeta Isaías recibe un mandato inequívoco: “Grita a voz en cuello, no te detengas” (Is 58,1). El profeta no tiene derecho a callar cuando la injusticia desfigura la alianza. Ezequiel refuerza esta responsabilidad al presentar la figura del centinela: si no advierte al pueblo del peligro, será responsable de su sangre (Ez 3,17–21). En la lógica bíblica, el silencio ante el pecado ajeno no es neutral; es una forma de infidelidad.
Jesús: palabra encarnada y silencio discernido
La vida de Jesús revela un uso profundamente discernido del silencio. Él no guarda silencio ante la hipocresía religiosa ni frente a la opresión de los débiles; por el contrario, su palabra es directa, incisiva y profética (Mt 23). Jesús denuncia con claridad todo aquello que deshumaniza y falsea la imagen de Dios.
Sin embargo, también hay momentos en los que Jesús calla, como ante Herodes (Lc 23,9). Este silencio no es cobardía ni evasión, sino juicio. Jesús se niega a legitimar un poder frívolo que no busca la verdad. Así, el Evangelio distingue entre el silencio que brota de la fidelidad al Padre y el silencio que nace del temor o la conveniencia. Esta distinción es clave para comprender el discernimiento que
hoy se exige a la Iglesia.
La Iglesia y su vocación profética
La Iglesia, como cuerpo de Cristo en la historia, participa de su misión profética. No es una institución llamada únicamente a conservar doctrinas, sino a proclamar la verdad del Evangelio en contextos concretos. Todo el pueblo de Dios comparte esta función profética. Por ello, el anuncio del Evangelio incluye necesariamente la denuncia de aquello que contradice la dignidad humana.
Cuando la Iglesia guarda silencio ante la injusticia, no adopta una posición neutral; ABDICA de su identidad. El pecado de omisión, señalado con fuerza en la carta de Santiago —“el que sabe hacer el bien y no lo hace, peca” (St 4,17)— adquiere aquí una dimensión eclesial. Callar ante el sufrimiento de las víctimas, ante el abuso de poder o ante la corrupción estructural no es prudencia pastoral, sino una traición a
la misión recibida.
EL SILENCIO PROLONGADO DE LA IGLESIA PRODUCE CONSECUENCIAS GRAVES. En primer lugar, genera escándalo, entendido bíblicamente como tropiezo que aleja de la fe. Cuando la Iglesia no nombra el mal, parece normalizarlo. Además, este silencio erosiona su credibilidad moral: una Iglesia que no habla con verdad pierde autoridad espiritual.
Paradójicamente, el silencio se vuelve ruido porque comunica complicidad. La ausencia de palabra es interpretada como consentimiento tácito, especialmente por quienes esperan de la Iglesia una voz distinta a la del poder político o económico.
ASÍ, LA FALTA DE PRONUNCIAMIENTO NO PRESERVA LA UNIDAD NI PROTEGE LA INSTITUCIÓN; LA DEBILITA DESDE DENTRO Y LA DISTANCIA DE LOS POBRES, CON QUIENES CRISTO SE IDENTIFICA.
Discernir cuándo callar y cuándo hablar
No todo silencio es reprobable. La tradición cristiana reconoce el valor del silencio contemplativo, del respeto a los procesos y de la prudencia pastoral. Sin embargo, este silencio solo es legítimo cuando nace de la fidelidad al Evangelio y no del
miedo, la comodidad o el cálculo institucional.
El discernimiento auténtico es siempre comunitario y espiritual, guiado por el Espíritu Santo, como se observa en el Concilio de Jerusalén (Hch 15). Allí, la Iglesia discierne hablando, escuchando y confrontando la realidad a la luz del Evangelio.
El silencio que no conduce a la verdad ni a la justicia deja de ser evangélico.
Parresía evangélica
La Iglesia primitiva oraba por la parresía, es decir, la valentía para anunciar la palabra sin temor (Hch 4,29). Esta audacia no es agresividad, sino coherencia. Implica hablar con caridad, pero también con claridad; con respeto, pero sin
ambigüedades morales.
Hoy más que nunca, la Iglesia está llamada a recuperar un lenguaje profético que no busque agradar, sino ser fiel. Esto exige conversión institucional, escucha real de las víctimas y un compromiso efectivo con la verdad. Solo una Iglesia que se atreve a hablar cuando corresponde puede también callar con sentido cuando el silencio es oración y no evasión.
El silencio de la Iglesia se vuelve INSOPORTABLEMENTE ruidoso cuando contradice el Evangelio que proclama. La revelación bíblica y el testimonio de Jesús muestran que callar ante el mal no es opción para quien ha recibido la Palabra de Dios. El silencio solo es cristiano cuando nace del amor, conduce a la verdad y abre espacio a la acción de Dios. De lo contrario, se transforma en una omisión que hiere,
confunde y aleja. La Iglesia no está llamada a protegerse a sí misma, sino a dar testimonio fiel de Cristo, aun cuando hacerlo tenga un costo. Solo así su palabra será creíble y su silencio, verdaderamente santo.




