Por: Rvdo. Iván Garza | Diócesis del Norte.- Los acontecimientos que se viven actualmente en los Estados Unidos en torno a las redadas migratorias y el trato sistemático hacia las personas inmigrantes. No hablo desde una ideología partidista, hablo desde una convicción ética, cristiana y pastoral: lo que hoy se está haciendo con los inmigrantes es incompatible con la dignidad humana y con cualquier noción auténtica de justicia.
Las redadas, la persecución, la criminalización del migrante y el uso del miedo como herramienta de control social constituyen una forma de violencia institucional. Se justifican en discursos legales, pero carecen de misericordia; se presentan como orden, pero producen sufrimiento; se defienden como seguridad, pero destruyen vidas. Cuando la ley se separa de la humanidad, deja de ser justa y se convierte en opresión.
Resulta profundamente preocupante que una nación que se proclama defensora de los derechos humanos tolere prácticas que separan familias, humillan personas, y reducen al migrante a un número o a una amenaza. El inmigrante no es un enemigo, no es una plaga, no es un problema a erradicar: es un ser humano con derechos inalienables.
Desde la fe cristiana, estas prácticas no pueden ser normalizadas ni bendecidas con silencio. El Evangelio no permite una neutralidad cómoda frente al sufrimiento. Jesucristo fue claro: “fui forastero y me acogieron”. No existe una lectura cristiana honesta que convierta esa palabra en indiferencia, exclusión o castigo colectivo.
Como clero, considero una grave incoherencia invocar a Dios mientras se ejecutan políticas que deshumanizan. No se puede rezar al Dios de la paz mientras se siembra terror en comunidades enteras. No se puede hablar de valores cristianos cuando se persigue al pobre y al extranjero. Eso no es fe: es instrumentalización religiosa del poder.
Desde este espacio, exijo que cesen todas aquellas prácticas que violan los derechos humanos de las personas migrantes. Alzo la voz por quienes no la tienen, por quienes viven con miedo constante, por quienes han sido vejados, golpeados, separados de sus hijos, tratados como desechables.
Que el Dios de la misericordia acompañe a los inmigrantes, a las familias rotas, a quienes sufren violencia y humillación. Y que también interpele nuestras conciencias, porque callar ante la injusticia es una forma de participar en ella.
La Iglesia —si quiere ser fiel al Evangelio— no puede colocarse del lado del poder cuando el poder oprime. Debe estar, como siempre, del lado del ser humano herido. Ahí estuvo Cristo. Ahí debe estar hoy su Iglesia.




