Por: Rev. Iván Garza | Diócesis del Norte.- Para muchos, sigue siendo un tabú. Para otros, una herejía práctica. Para algunos más, algo simplemente imposible.
Y sin embargo, sucedió.
Ortodoxos, católicos romanos, anglicanos y protestantes nos reunimos bajo un mismo techo, para orar juntos. No para discutir dogmas. No para diluir identidades. No para simular una unidad que aún no existe. Nos reunimos para orar.
Sé que este gesto despierta preguntas. En algunos provoca temor; en otros, rechazo frontal. Hay quienes lo leen como traición y quienes lo consideran una peligrosa concesión. Pero aquí es donde conviene hacer una distinción vital, honesta y necesaria.
No estamos rompiendo los cánones.
No estamos compartiendo el cáliz.
No estamos fingiendo una comunión que todavía no es posible.
La comunión sigue siendo nuestra herida abierta: el punto que aún nos separa, el dolor que no negamos ni maquillamos. Precisamente por eso duele. Precisamente por eso importa.
Entonces, ¿por qué hacerlo?
¿Por qué estas reuniones ecuménicas?
Porque no son para borrar nuestras tradiciones, sino para reconocer que tenemos un mismo Padre. Porque no buscan uniformarnos, sino recordarnos que la división no es el proyecto de Cristo. Porque nos reunimos para pedir perdón por siglos de rupturas, de anatemas, de silencios, de orgullos heredados. Porque tomamos en serio aquella oración incómoda del Evangelio: “Que todos sean uno”.
La oración en común es el primer puente antes de poder compartir el pan. Antes de una mesa común, debe haber un corazón capaz de pronunciar el mismo “Padre nuestro” sin sospecha ni hostilidad. Debemos aprender, primero, a hablar con Dios juntos.
Orar juntos no es traicionar la tradición.
Es un acto de humildad.
Es reconocer que nadie posee a Cristo en exclusiva.
Es aceptar que el amor y la búsqueda de la unidad no son un adorno del cristianismo, sino su esencia más profunda.
En un mundo saturado de muros, fronteras y trincheras ideológicas, la fe no puede convertirse en otro factor de separación. Si el cristianismo no sana, entonces ha sido mal entendido. Si la fe hiere más de lo que reconcilia, algo se ha torcido en el camino.
Estamos aquí para construir puentes, no muros. El mundo ya tiene suficientes divisiones; no necesita que las Iglesias añadan más. Necesita testigos de esperanza, no guardianes del miedo.
La pregunta queda abierta, y no es retórica:
¿crees que es posible caminar hacia la unidad a través de la oración, o crees que nuestras diferencias son insuperables?
La historia aún se está escribiendo.
Y cada gesto, por pequeño que parezca, también es una oración.




