CANTERBURY: SIGNO… NO JURISDICCIÓN

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Por: Rev. Iván Garza | Diócesis del Norte.- La reciente elección del nuevo arzobispo de Canterbury ha vuelto a despertar debates, tensiones y no pocas reacciones encontradas dentro de la Comunión Anglicana. Conviene, sin embargo, hacer una aclaración fundamental que con frecuencia se pierde en medio del ruido: el arzobispo de Canterbury no ejerce jurisdicción, dominio ni autoridad canónica sobre las provincias autónomas que conforman la Comunión Anglicana. Su ministerio es, ante todo, simbólico y relacional, un instrumento de comunión, no de gobierno.
La Comunión Anglicana no es una “Iglesia anglicana” centralizada. Es una familia de Iglesias autónomas, con historia, contextos y discernimientos propios. Inglaterra, como Iglesia establecida, ha designado a su primado en total libertad, conforme a sus procesos internos y a su comprensión teológica y pastoral, incluyendo la posibilidad de que mujeres accedan a los más altos cargos eclesiásticos. Esta decisión no se impone ni se replica automáticamente en el resto de la Comunión, y mucho menos obliga a las demás provincias a modificar su disciplina o praxis.
Es verdad que estas decisiones han generado tensiones profundas. Existen provincias que no reconocen la ordenación de mujeres al episcopado y que ven en estos nombramientos un motivo de ruptura o distanciamiento. La fractura es real y no debe minimizarse. Sin embargo, también es real que la historia de la Iglesia está marcada por momentos de crisis que, con el tiempo, se convierten en parteaguas para la renovación, el discernimiento y la conversión eclesial.
La Provincia Anglicana de México se mantiene unida a la historicidad de la fe, no a una persona concreta, sino a lo que representa el trono de san Agustín de Canterbury: la misión, la evangelización, la comunión y la continuidad apostólica. Independientemente de quién se siente en esa sede, la raíz histórica y espiritual permanece. La sucesión que valoramos no es meramente institucional, sino misionera y evangélica.
Desde esta convicción, nuestra postura es clara: aceptamos el signo de unidad que representa Canterbury y elevamos nuestras oraciones por el nuevo ministerio del arzobispo, pidiendo que su servicio sea de bendición para la unidad de la Iglesia y para la comunión anglicana en su conjunto. El desafío que enfrenta es enorme, con oposiciones internas, heridas abiertas y un mundo que exige a la Iglesia mayor fidelidad al Evangelio y mayor capacidad de diálogo.
Orar por Canterbury no es uniformarnos, es permanecer en comunión. Reconocer la diversidad no es claudicar, es vivir la catolicidad anglicana en su sentido más profundo. Que este tiempo, con todas sus tensiones, sea también una oportunidad para escuchar al Espíritu y para discernir juntos los caminos de renovación que la Iglesia necesita hoy.

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