Por: Pbro. Iván Garza /Diócesis del Norte
Hoy, al iniciar el tiempo de Cuaresma con el Miércoles de Ceniza, recordamos una verdad sencilla y profunda: somos polvo y al polvo volveremos. Es un llamado a la humildad, al arrepentimiento y al regreso sincero a Dios. Sin embargo, en medio de este tiempo sagrado, a veces surge una realidad que contrasta con ese espíritu.
Vemos sacerdotes, diáconos y ministros que, en lugar de reconocer la sed espiritual del pueblo, observan con juicio a otros que también salen a compartir la Palabra de Dios y a imponer la ceniza. Se cuestiona quién tiene la autoridad, quién tiene la validez, quién lo hace “correctamente”. Lo que debería ser un gesto de gracia se percibe como una competencia.
Pero la Cuaresma no es un escenario para rivalidades espirituales. Es un camino de conversión. Es el tiempo en que la Iglesia, en su diversidad, está llamada a recordar que el centro no somos nosotros, sino Dios y la necesidad real de su pueblo.
Hay personas que llegan hoy con cargas pesadas, con culpa, con dolor, con preguntas sin respuesta. No buscan una institución que gane, buscan misericordia. No necesitan ver divisiones, necesitan experimentar esperanza.
Si el signo de la ceniza nos recuerda nuestra fragilidad, también debería recordarnos nuestra misión: sumar, no dividir; bendecir, no desacreditar; servir, no competir. El llamado no es defender espacios, sino abrir caminos para que más corazones se acerquen a Dios.
Que esta Cuaresma nos encuentre menos preocupados por quién tiene la razón y más comprometidos con amar, acompañar y edificar al pueblo de Dios en el nombre del Señor




