¿Cómo vas a vivir la Cuaresma este año?

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Por: Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte

Cada año, la pregunta vuelve como una invitación abierta: ¿cómo vivir este tiempo sin reducirlo a una lista de renuncias externas ni a un ejercicio de culpabilidad ritualizada? La Cuaresma no comienza con una exigencia moral, sino con una llamada a reorientar la vida desde su centro más hondo. No es un tiempo para mirarse con dureza, sino para aprender a mirarse con verdad.

En la predicación de Jesus de Nazareth, la conversión no es un gesto de autoacusación, sino un giro existencial provocado por la cercanía del Reino de Dios. El cambio no nace del desprecio de uno mismo, sino del descubrimiento de que la vida puede vivirse de otra manera. La transformación comienza cuando el ser humano deja de entenderse desde la culpa y empieza a comprenderse desde la posibilidad de una relación restaurada.

Vivir la Cuaresma, entonces, no significa intensificar la sensación de deuda, sino abrir espacios de verdad interior. El ayuno deja de ser una privación para convertirse en un acto de libertad; la oración deja de ser obligación para transformarse en encuentro; la limosna deja de ser cumplimiento para volverse solidaridad concreta. La práctica espiritual recupera su sentido cuando no busca demostrar mérito, sino disponerse al cambio.

Los relatos del Evangelio de Mateo sitúan la vida espiritual en el ámbito de lo cotidiano: en el secreto del corazón, en la autenticidad de la intención, en la coherencia entre fe y vida. Allí se sugiere que lo decisivo no es cuánto se renuncia, sino desde dónde se vive. Una espiritualidad fundada en el miedo produce distancia; una espiritualidad fundada en el amor genera comunión.

Quizás la pregunta más honesta para este tiempo no sea “¿qué voy a dejar?”, sino “¿qué necesita ser transformado en mí para vivir con mayor plenitud?”. La Cuaresma no invita a reducir la vida, sino a liberarla de aquello que la estrecha: la indiferencia, la autosuficiencia, la dureza del corazón, la incapacidad de perdonar.

Vivir este tiempo desde el evangelio implica permitir que la experiencia del perdón desplace a la lógica de la culpa. Donde la culpa encierra, el perdón abre horizonte. Donde la culpa inmoviliza, el perdón pone en camino. Donde la culpa divide, el perdón reconcilia.

Tal vez, al final, vivir la Cuaresma sea aceptar una invitación sencilla y exigente a la vez: dejarse transformar para que la vida vuelva a ser espacio de encuentro. No para ser menos, sino para ser más plenamente humanos. Porque el itinerario espiritual no conduce a la negación de uno mismo, sino a la recuperación de la dignidad que nunca se pierde del todo.

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