Por Rvdo. Iván Garza, Diócesis del Norte
La Cuaresma se nos ofrece cada año como un tiempo de misericordia. No es solo una estación litúrgica que marca el calendario, sino una oportunidad viva para regresar a Dios con sinceridad y esperanza. En medio de la prisa cotidiana, este tiempo santo nos invita a detenernos, a mirar el corazón con verdad y a redescubrir que el amor de Dios nunca se retira, sino que siempre espera.
Hablar de misericordia es hablar de un Dios que sale al encuentro. La Cuaresma no comienza con una exigencia, sino con una invitación: volver. Volver desde nuestras distracciones, desde nuestras cargas interiores, desde todo aquello que ha ido ocupando el centro de nuestra vida y que, sin darnos cuenta, nos ha alejado de Él.
Por eso el ayuno cuaresmal no se limita al alimento. Es un ayuno más profundo: ayunar del orgullo que impide reconocer errores, de la dureza que cierra el corazón, de la indiferencia que nos distancia del prójimo. Es un ejercicio espiritual que busca ordenar la vida, despejar el alma y abrir espacio para Dios.
Este camino de regreso se recorre, ante todo, en la oración. Orar es volver la mirada hacia Aquel que nunca deja de mirarnos con amor. Es escuchar en el silencio, permitir que la Palabra ilumine la conciencia y reconocer que la vida encuentra su sentido pleno cuando Dios ocupa el centro.
La práctica Cuaresmal nos recuerda también la importancia de la confesión y el arrepentimiento como expresiones concretas de ese retorno. En la oración comunitaria reconocemos nuestras faltas ante Dios y recibimos el anuncio de su perdón; en el acompañamiento pastoral, cuando es necesario, encontramos orientación y consuelo. El arrepentimiento no es un peso que humilla, sino una gracia que renueva.
La misericordia que recibimos está llamada a hacerse vida. La Cuaresma nos invita a practicar la generosidad, la reconciliación y el servicio. Cada acto de amor concreto, por pequeño que parezca, manifiesta la presencia de Cristo en el mundo y hace visible el Reino de Dios entre nosotros.
Este tiempo santo nos recuerda que siempre es posible comenzar de nuevo. No importa la distancia recorrida ni el cansancio acumulado: el camino de regreso permanece abierto. Dios no espera perfección, espera disponibilidad.
Que la Cuaresma sea para todos un verdadero tiempo de misericordia: un tiempo para ayunar de aquello que nos aleja de Dios, para buscarlo en la oración sincera, para reconocer con humildad nuestras faltas y para caminar, con esperanza renovada, hacia la plenitud de su amor.




