Por: Pbro. Iván Garza / Diócesis del Norte
La noticia del asesinato del sacerdote Juan Manuel Zavala en Ocotepec en el estado de Chiapas, vuelve a estremecer la conciencia de los creyentes en México.
Ante hechos como este, es importante recordar algo fundamental de nuestra fe: la Iglesia es una. Aunque existan distintas tradiciones, jurisdicciones y expresiones dentro del cristianismo, seguimos confesando que pertenecemos a la una, santa, católica y apostólica Iglesia de Cristo.
Por eso, cuando un sacerdote es asesinado, el dolor no pertenece solamente a una diócesis o a una denominación en particular. El dolor es compartido por todas las fracciones de la Santa Iglesia Católica de Cristo. Lo que hiere a una parte del cuerpo, hiere también al resto del cuerpo.
El sacerdote asesinado no es solamente una víctima más de la violencia que vive nuestro país. Es un pastor, un hombre consagrado al servicio de Dios y del pueblo, alguien que salió a celebrar la Eucaristía y a acompañar a su comunidad. Su muerte nos recuerda que en muchas regiones de México servir a la Iglesia también implica caminar en medio de riesgos.
Quienes ejercen el ministerio pastoral conocen de cerca las heridas de la sociedad. Escuchan el llanto de las familias, acompañan a las víctimas y mantienen viva la esperanza en lugares donde el miedo intenta imponerse. Por eso, cuando la violencia alcanza a un sacerdote, no solo se silencia una voz: se intenta apagar una presencia de consuelo y de fe en medio del pueblo.
En medio de este dolor resuena también la palabra del Señor en el Evangelio:
“Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mateo 5:10).
No es una frase de consuelo fácil. Es una promesa profunda: que el sufrimiento de quienes sirven a Dios no queda perdido en la historia. Dios ve, Dios escucha y Dios hace justicia.
Hoy la Iglesia vuelve a orar. Oramos por el descanso eterno del padre Zavala. Oramos por su comunidad, que hoy llora a su pastor. Y oramos también por todos los sacerdotes y ministros que, día tras día, continúan sirviendo al pueblo de Dios en contextos difíciles.
Que este dolor compartido también nos recuerde nuestra vocación a la comunión. Porque en medio de un mundo herido por la violencia, la Iglesia está llamada a ser signo de unidad, de justicia y de paz.
Señor Jesucristo, haz justicia por tus sacerdotes que han sido despojados de la vida.
Protege a quienes hoy siguen sirviendo a tu pueblo.




