Por: Pbro. Iván Garza / Diócesis del Norte
Hay una frase que atraviesa los siglos como una confesión siempre actual: “Tarde te amé”. La pronunció San Agustín, no desde la derrota, sino desde el descubrimiento. No se trataba de que no hubiera buscado; al contrario, había buscado mucho. Pero, como él mismo reconoce, había buscado mal: fuera, disperso, en lo que no podía saciar el corazón.
Esa experiencia no nos es ajena. También hoy se puede creer —y sinceramente—, y sin embargo vivir descentrado. Podemos estar llenos de actividades, incluso religiosas, y aun así no estar en el centro. Podemos hablar de Dios, servir en la Iglesia, sostener estructuras, y al mismo tiempo haber desplazado lo esencial: la relación viva con Él.
El drama no es la falta de búsqueda, sino la desorientación de la búsqueda.
Volver al centro no es un lujo espiritual ni una devoción opcional. Es la condición para que todo encaje. Cuando el corazón está en su lugar, la vida encuentra su orden: las prioridades se clarifican, las decisiones se vuelven más libres, el servicio se purifica de protagonismos y la fe deja de ser un peso para convertirse en una fuente.
El centro no es una idea, ni un sistema, ni una agenda. El centro es una Persona. Y cuando esa Persona ocupa el lugar que le corresponde, todo lo demás se reubica. No desaparecen las dificultades, pero dejan de gobernarnos. No se eliminan las responsabilidades, pero dejan de ahogarnos. Hay una armonía nueva que no viene de fuera, sino de dentro.
San Agustín lo describe con otra imagen poderosa: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Esa inquietud que muchas veces interpretamos como ansiedad, vacío o cansancio, puede ser en realidad un llamado: el alma recordándonos que está lejos de su centro.
Por eso, la invitación no es a hacer más, sino a volver. Volver a la fuente, volver a lo esencial, volver a Aquel que muchas veces hemos dejado en la periferia de nuestra propia vida espiritual.
En un tiempo donde todo compite por nuestra atención —incluso dentro de la vida eclesial—, recuperar el centro es un acto profundamente contracultural. Implica detenerse, discernir, renunciar a lo accesorio, y reordenar la vida desde dentro.
No es tarde para amar bien.
No es tarde para volver al centro.
Porque, como descubrió San Agustín, incluso el reconocimiento de haber llegado “tarde” puede ser, en realidad, el comienzo de todo.




