Por: Rev. Iván Garza | Diócesis del Norte.- La pregunta no es nueva, pero hoy se vuelve ineludible: quo vadis, ¿hacia dónde vamos como Iglesia?
No se trata de una inquietud retórica ni de un recurso literario. Es una interpelación seria ante los acontecimientos recientes que han dejado al descubierto una realidad compleja, dolorosa y, en muchos sentidos, preocupante.
Se ha querido presentar lo que vivimos como un proceso necesario, incluso como una posible purificación. Y es legítimo preguntarlo: ¿estamos realmente ante una obra de Dios que busca corregir y renovar, o ante una repetición de prácticas que han debilitado nuestra vida eclesial durante años?
La purificación, cuando es auténtica, pasa inevitablemente por la verdad, la justicia y la conversión. No hay atajos. No hay simulaciones posibles. Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en una narrativa que tranquiliza, pero no transforma.
En este contexto, algunas decisiones recientes —particularmente en torno a nombramientos y formas de proceder— han generado desconcierto y cuestionamientos legítimos. No por resistencia al cambio, sino por la manera en que dicho cambio se está llevando a cabo.
No basta con cambiar rostros si se mantienen las mismas prácticas.
La participación de personas cuya autoridad eclesial es, al menos, discutible —e incluso de quienes han sido depuestos, carecen de representación real o cargan con señalamientos que empañan su credibilidad— en procesos decisivos, no fortalece la legitimidad: la debilita. No se puede poner el peso del discernimiento y del voto en quienes, lejos de edificar confianza, la ponen en duda.
La Iglesia no puede permitirse ambigüedades en momentos donde lo que está en juego es la confianza de su propio pueblo.
Asimismo, resulta preocupante que, en lugar de propiciar espacios de diálogo y reconciliación, se perciban dinámicas que prolongan la confrontación, alimentan divisiones o descansan en decisiones apresuradas, decisiones al vapor, que parecen responder más a la urgencia de sostener una estructura que a la responsabilidad de sanar de fondo lo que está fracturado.
Porque hay que decirlo con claridad: hay estructuras que, tal como están, ya no tienen hacia dónde sostenerse si no es a través de la inercia o la simulación.
En no pocas ocasiones, también se deposita la confianza en personas o decisiones sin mirar más allá de las consecuencias que se están gestando. Y cuando no se discierne con profundidad, lo que parecía una solución termina siendo el inicio de un problema mayor.
No se construye comunión desde la improvisación ni desde la prisa.
Por otra parte, el hecho de que una mujer haya sido colocada en un rol clave dentro de esta coyuntura podría interpretarse como un signo de apertura y de nuevos caminos. Sin embargo, la pregunta de fondo permanece: ¿se trata de un auténtico paso hacia una Iglesia más corresponsable y madura, o de una figura utilizada para sostener estructuras que no han sido verdaderamente revisadas?
El tiempo y los frutos darán respuesta.
Hoy, más que nunca, la Iglesia necesita liderazgo con madurez, discernimiento y libertad interior. Liderazgo capaz de detener la espiral de ataques, de renunciar a la improvisación y de sentarse, con seriedad, a encarar los problemas de fondo. No para administrarlos, sino para resolverlos.
Porque lo que se ha tejido durante años —esta maraña de conflictos, decisiones cuestionadas y relaciones fracturadas— no se deshace con discursos ni con gestos simbólicos. Se requiere verdad, responsabilidad y voluntad real de cambio.
Es comprensible el dolor y la confusión que muchos fieles experimentan. También lo es la preocupación de quienes ven en estos procesos más continuidad que renovación.
Hoy no bastan las buenas intenciones ni los discursos bien elaborados. La Iglesia necesita decisiones que devuelvan credibilidad, procesos que garanticen verdad y liderazgos que estén a la altura del momento histórico que vivimos.
Porque no se trata solo de resolver una crisis, sino de evitar que se normalice.
La pregunta permanece —quo vadis—, pero la respuesta ya no puede esperar. Se construye con hechos, con verdad y con la valentía de hacer lo que durante demasiado tiempo se ha evitado.
Oremos a Dios para que la Provincia Anglicana de México pueda encontrar una verdadera resolución. Que este momento, por doloroso que sea, no termine siendo solo un episodio más para sostener estructuras construidas sobre arena, sino una oportunidad real para la gloria de Dios, para la restauración de la Iglesia y para recuperar el rumbo que nunca debió perderse.
El rumbo que se tome hoy no solo definirá el presente: marcará el alma de la Iglesia en los años por venir.




