Pbro. Víctor Vera / Diócesis del Norte
“Somos un pueblo peregrino”. La frase suena bien. Inspira. Une. Pero también incomoda, porque si la tomamos en serio, entonces la Iglesia no puede seguir fingiendo que está instalada, segura y cómoda en medio de sus propias estructuras.
La homilía de Rose Hudson-Wilkin Mullally pone el dedo en la llaga, aunque algunos no quieran verlo. Hablar de una Iglesia que camina implica aceptar que hay cosas que deben cambiar, que hay inercias que romper y, sobre todo, que hay una distancia real entre el discurso eclesial y el sufrimiento del mundo.
Mientras se mencionan conflictos en Medio Oriente, Ucrania, Sudán y Myanmar, la pregunta es inevitable: ¿la Iglesia está realmente ahí, o solo ora desde la distancia? Porque orar es necesario, sí, pero no suficiente. Una fe que no se traduce en acción corre el riesgo de convertirse en un refugio cómodo para la conciencia.
Más aún, la propuesta de “una Iglesia para toda la nación y para el mundo” abre otro frente incómodo: ¿de verdad queremos una Iglesia abierta a todos, incluso a quienes no creen? Porque eso implica renunciar al control, al poder, a la obsesión por delimitar quién pertenece y quién no. Implica dejar de construir trincheras religiosas y empezar a construir puentes reales.
Aquí es donde muchos se resisten. Porque es más fácil defender la institución que encarnar el Evangelio. Más fácil discutir normas que practicar la compasión. Más fácil señalar errores ajenos que asumir la propia incoherencia.
Y sin embargo, Mullally insiste en algo profundamente subversivo: la esperanza no está en la institución, sino en Dios. Esto, dicho sin adornos, es una crítica directa a cualquier Iglesia que se crea autosuficiente, intocable o incuestionable.
La referencia a María y su “Aquí estoy” tampoco es inocente. María no tenía certezas, tenía fe. Y la fe auténtica siempre implica riesgo, exposición, incluso incomprensión. Decir “Aquí estoy” hoy no es repetir una frase bonita, es asumir las consecuencias de ponerse del lado del Evangelio, aunque eso incomode a los propios.
Finalmente, su imagen de la barca sacudida por el viento es demasiado actual como para ignorarla. La Iglesia está en medio de la tormenta, sí. Pero el problema no es la tormenta. El problema es que muchos prefieren mirar las olas… o aferrarse al timón del poder… en lugar de mirar a Cristo.
Así que la pregunta queda abierta, incómoda y necesaria: cuando decimos “Aquí estoy”, ¿estamos respondiendo a Dios… o defendiendo una estructura que ya no quiere convertirse?




