Por: Rev. María Elena Cristerna/ Diócesis del Norte
El Jueves Santo nos introduce en uno de los momentos más profundos y reveladores del corazón de Cristo: la Última Cena. En ella, Jesús no solo instituye la Eucaristía, sino que realiza un gesto eterno de amor: decide quedarse con nosotros para siempre. En el pan y el vino consagrados, nos deja su presencia viva, recordándonos que no estamos solos, que su compañía es constante y su amor inquebrantable.
Cada vez que participamos de la Eucaristía, entramos en ese momento sagrado donde el amor se hace alimento. No es un simple recuerdo, sino un encuentro real con Aquel que se entrega por nosotros. Es ahí donde el alma encuentra consuelo, fortaleza y sentido.
Sin embargo, este día también nos confronta con la fragilidad humana. La traición de Judas, la negación de Pedro y el abandono de muchos discípulos reflejan nuestras propias debilidades, nuestras caídas y nuestras incoherencias. Aun así, el mensaje central no es la traición, sino la fidelidad de Dios. Frente a la inconstancia del ser humano, el amor de Cristo permanece firme, fiel hasta el extremo.
En este mismo contexto, Jesús realiza un gesto que rompe toda lógica humana de poder: se arrodilla y lava los pies de sus discípulos. El Maestro se hace servidor, enseñándonos que el verdadero liderazgo no se mide por la autoridad o el dominio, sino por la capacidad de amar, servir y entregarse a los demás con humildad.
El Jueves Santo es, entonces, una invitación clara y exigente: vivir un cristianismo auténtico. Un cristianismo que no se queda en palabras, sino que se concreta en la Eucaristía, se expresa en el servicio y se sostiene en un amor fiel, incluso en medio de las dificultades.
Que este día santo nos impulse a renovar nuestra fe, a dejarnos transformar por el amor de Cristo y a convertirnos en signos vivos de su presencia en el mundo.
Caminemos hacia la Pascua con un corazón dispuesto, sabiendo que el amor que se entrega en la cruz es el mismo que vence en la Resurrección




