Por: Pbro. Iván Garza /Diócesis del Norte
En medio del dolor que provoca la pérdida, la Iglesia se encuentra nuevamente frente a una oportunidad profundamente evangélica: volver al corazón del mensaje pascual. La muerte, que tantas veces nos confronta con nuestra fragilidad, no tiene la última palabra. La Pascua nos recuerda que la vida vence, que la luz irrumpe en la oscuridad y que toda herida puede ser transformada en camino de gracia.
Sin embargo, esta verdad no puede quedarse solo en lo litúrgico o en lo simbólico. La Pascua exige encarnarse en la vida concreta de la Iglesia, particularmente en la vida de sus pastores. No podemos anunciar reconciliación si vivimos en división; no podemos predicar comunión si sostenemos distancias que rompen el tejido fraterno.
Este momento, marcado por la muerte, también puede ser un punto de partida. No para profundizar diferencias, ni para mantener tensiones, sino para redescubrir lo esencial: somos llamados al mismo ministerio, al mismo servicio, al mismo Señor. Y es precisamente desde ahí donde nace la urgencia de reconciliarnos, de encontrarnos nuevamente como hermanos, de sanar lo que se ha fracturado.
No se trata de señalar culpables ni de dirigir mensajes a personas específicas. Se trata de algo más profundo: asumir, con responsabilidad y humildad, que el ministerio sacerdotal está íntimamente ligado a la comunión. Que no podemos ejercerlo plenamente si lo hacemos desde el aislamiento, el resentimiento o la indiferencia.
Hoy más que nunca, la Iglesia necesita pastores que sean puente y no muro; que sean signo de unidad y no de división. La reconciliación no es una opción secundaria: es una exigencia del Evangelio. Y en tiempos como este, se vuelve urgente.
La muerte, que forma parte inevitable de la vida, no debería empujarnos al miedo ni al distanciamiento, sino a la reflexión, a la conversión y al reencuentro. Que este tiempo pascual no pase de largo. Que no sea solo una celebración más, sino un verdadero paso de muerte a vida, también en nuestras relaciones, en nuestro modo de ejercer el ministerio, en nuestra manera de ser Iglesia.
Porque al final, la credibilidad de nuestro anuncio depende de nuestra capacidad de vivir aquello que proclamamos: Cristo ha resucitado… y con Él, también nosotros estamos llamados a levantarnos, a reconciliarnos y a caminar juntos.




