México ante la herida de los desaparecidos: cuando la conciencia nos exige ver personas y no cifras

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Por: Pbro. Iván Garza / Diócesis del Norte

En medio del ruido cotidiano, de estadísticas que suben y bajan como si fueran indicadores económicos, una frase irrumpe con fuerza moral y profundidad humana: “No son cifras, son personas”. No es solo una declaración, es un llamado urgente a recuperar la conciencia.

México vive una herida abierta que no termina de cerrar. La crisis de las desapariciones forzadas no puede seguir siendo tratada como un dato más en informes oficiales o como un número que se agrega a una larga lista. Cada persona desaparecida tiene nombre, rostro, historia. Tiene una madre que espera, un padre que busca, hijos que preguntan, familias que viven en una angustia suspendida, sin duelo posible y sin respuestas claras.

Reducir esta tragedia a cifras es, en el fondo, una forma de deshumanización. Es convertir el dolor en estadística y la ausencia en burocracia. Esta realidad nos confronta como sociedad y nos obliga a preguntarnos en qué momento nos acostumbramos a lo inaceptable.

El problema ha alcanzado tal magnitud que ha despertado preocupación incluso en instancias vinculadas a la Organización de las Naciones Unidas. Pero más allá de la presión internacional, lo verdaderamente urgente es la responsabilidad interna: la del Estado, sí, pero también la de cada ciudadano que decide no voltear la mirada.

Como ministro ordenado, no puedo ser indiferente. La dignidad humana es sagrada, y cada persona desaparecida es un rostro de Cristo sufriente. En un país donde la violencia amenaza con normalizarse, recordar que cada vida tiene un valor infinito es también un acto de fe.

No podemos permitir que el lenguaje diluya la realidad. No son “casos”, no son “expedientes”, no son “números”. Son personas. Y mientras no entendamos esto en toda su dimensión, cualquier política pública será insuficiente, cualquier discurso será vacío y cualquier intento de justicia quedará incompleto.

Hoy más que nunca, México necesita memoria, empatía y acción. Porque detrás de cada cifra hay una historia interrumpida, y detrás de cada historia, una exigencia legítima: verdad, justicia y nunca más silencio.

Oración en la Octava de Pascua por los desaparecidos

Señor Jesús,

Resucitado y vencedor de la muerte,

Tú que transformaste el dolor en vida nueva,

mira con misericordia a nuestros hermanos desaparecidos.

En esta luz de la Pascua,

donde la esperanza vence a la oscuridad,

sostén a quienes los buscan sin descanso,

fortalece su fe y consuela su angustia.

Haz que tu victoria sobre la muerte

sea también para nuestro pueblo

camino de verdad, de justicia y de encuentro.

Y que la luz de tu Resurrección

ilumine las sombras de nuestra historia,

para que nunca más la violencia

tenga la última palabra.

Amén.

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