La Iglesia en Inglaterra: mil años antes de la ruptura

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Por: Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte

Existe una idea muy extendida —pero históricamente imprecisa— de que la Iglesia Anglicana nació a raíz del conflicto entre Enrique VIII y el Papa en el siglo XVI. Esta afirmación, aunque popular, no hace justicia a la realidad histórica.

La Iglesia en Inglaterra no comenzó en 1534. Ya existía desde siglos antes. De hecho, hay evidencia documentada de obispos británicos participando en el Concilio de Arlés, lo que confirma la presencia de una Iglesia estructurada, con sucesión apostólica, mucho antes de cualquier vínculo formal con Roma.

Cuando Agustín de Canterbury llegó en el año 597, no vino a fundar la Iglesia, sino a fortalecer y ordenar la vida cristiana ya existente, promoviendo una mayor unidad con las prácticas romanas. Sin embargo, incluso después de este momento, la Iglesia en Inglaterra conservó rasgos propios, como se evidencia en las diferencias litúrgicas que se resolvieron en el Sínodo de Whitby.

Por tanto, afirmar que la Iglesia Anglicana “nació” con Enrique VIII es desconocer más de mil años de historia cristiana previa.

Lo que ocurrió en el siglo XVI fue una ruptura en la jurisdicción, no en la esencia. Con el Acta de Supremacía, la Iglesia en Inglaterra dejó de reconocer la autoridad del Papa, pero no abandonó su identidad como Iglesia apostólica. Los obispos permanecieron, la sucesión apostólica continuó, y la fe cristiana se mantuvo en continuidad con la tradición histórica.

Figuras como Thomas Cranmer contribuyeron a dar forma a esta nueva etapa, pero no partiendo desde cero, sino sobre los cimientos de una Iglesia antigua.

Decir que la Iglesia Anglicana nació de un conflicto político es reducir su historia a un episodio, ignorando su profundidad y continuidad. La realidad es más sólida: la Iglesia en Inglaterra no es producto de una ruptura momentánea, sino expresión de una fe que ha echado raíces desde los primeros siglos del cristianismo.

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