La unidad que nace del servicio

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En tiempos donde las diferencias religiosas suelen presentarse como motivo de división, existen acciones concretas que nos recuerdan que la fe también puede convertirse en un puente de encuentro, solidaridad y esperanza. Este fin de semana fuimos testigos de ello con el inicio de las actividades derivadas del convenio de colaboración ecuménica entre el Sacro Arzobispado Ortodoxo y la Diócesis del Norte de México.

La firma del comodato sobre el templo de la Sagrada Familia no representa solamente un acuerdo administrativo o litúrgico; simboliza la voluntad de dos comunidades cristianas de caminar juntas, compartir espacios y trabajar en favor del pueblo de Dios. A partir de este convenio, la comunidad ortodoxa celebrará mensualmente la Divina Liturgia en dicho templo, abriendo así un nuevo capítulo de fraternidad y cooperación.

Sin embargo, lo más importante no ocurrió únicamente dentro de las paredes del templo, sino en las acciones realizadas durante estos días. Las actividades compartidas con las madres buscadoras, así como otras labores pastorales y sociales, dejaron claro que la unidad cristiana no se construye únicamente a través de discursos teológicos, sino mediante el acompañamiento al dolor humano, la cercanía con quienes sufren y el compromiso con las causas más sensibles de nuestra sociedad.

La presencia del Padre Josué López y su esposa Alexandra durante todo el fin de semana fue reflejo de esta disposición al servicio. Su participación activa en las distintas actividades mostró que la fe auténtica no se limita a las celebraciones litúrgicas, sino que se manifiesta en la solidaridad, la empatía y el trabajo conjunto.

Hoy más que nunca necesitamos recordar que las diferencias no tienen por qué convertirse en barreras. Cuando las iglesias deciden encontrarse en el servicio, la caridad y el amor al prójimo, surge una esperanza real de unidad. Tal vez no una unidad basada en uniformidad absoluta, sino una construida desde el respeto, la colaboración y el deseo sincero de hacer el bien.

Porque al final, la verdadera fe se reconoce menos por las palabras y más por las obras.

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