Pbro. ivan Garza/ Diócesis del Norte
Muchas veces buscamos a Dios en los templos, en las oraciones y en las celebraciones litúrgicas, pero olvidamos que también sale a nuestro encuentro en el rostro de quien sufre, de quien necesita una palabra de aliento, de quien se siente solo o de aquella persona a la que nos cuesta trabajo amar.
No podemos decir que amamos a Dios si despreciamos, herimos o ignoramos a nuestros hermanos. Cumplir el mandamiento del amor significa aprender a mirar al otro con misericordia, incluso cuando piensa diferente, cuando nos ha decepcionado o cuando amarle nos exige salir de nuestra propia comodidad.
Pero para vivir ese amor necesitamos permitir que Dios transforme nuestro corazón. Y esa transformación implica renunciar a ciertas cosas que no nos hacen bien: al orgullo, al rencor, a la envidia, a los prejuicios, a las palabras que lastiman y a las actitudes que nos alejan de Dios y de los demás.
A veces queremos que Dios cambie nuestra vida, pero no estamos dispuestos a soltar aquello que nos mantiene atados. Pedimos paz, pero seguimos alimentando resentimientos; pedimos amor, pero nos cerramos al perdón; pedimos un corazón nuevo, pero insistimos en conservar las mismas actitudes de siempre.
Dejarnos transformar por Dios significa permitirle que quite de nosotros todo aquello que nos impide amar de verdad.
Y esto no quiere decir aceptar el mal, tolerar abusos o renunciar a nuestra dignidad. También hay ocasiones en las que amar significa establecer límites, alejarnos de lo que nos destruye y tomar decisiones difíciles para recuperar la paz. Porque el amor cristiano no nos destruye: nos conduce a una vida más plena, más libre y más cercana al corazón de Cristo.
Hermanos, preguntémonos hoy: ¿soy capaz de reconocer a Cristo en la persona que tengo enfrente? ¿Qué necesito dejar atrás para amar mejor? ¿Qué parte de mi corazón todavía se resiste a la acción de Dios?
No olvidemos que la fe no se mide solamente por las oraciones que pronunciamos, sino también por el amor que somos capaces de ofrecer. De nada sirve levantar nuestras manos hacia el cielo si después cerramos nuestro corazón ante quien necesita de nosotros.
Que el Señor nos conceda la gracia de mirar con sus ojos, amar con su corazón y caminar con una disposición sincera para cambiar.




