La crisis de nuestro ministerio

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Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte

Hay preguntas que deberían incomodarnos, especialmente a quienes hemos recibido el ministerio ordenado. Preguntas que no se responden desde un escritorio, desde un púlpito ni desde la comodidad de una dignidad eclesiástica. Se responden mirando nuestra propia conciencia y confrontando nuestra vida con el Evangelio.

¿Qué hicimos con el ministerio que se nos confió? ¿En qué momento la Palabra de Dios dejó de ser el alimento de nuestra vida para convertirse simplemente en un discurso que repetimos a los demás? ¿Cuándo dejamos de caminar con el pueblo para comenzar a caminar por encima de él?

Fuimos ungidos con el Espíritu Santo, no para acumular títulos, reconocimientos, privilegios o espacios de poder, sino para servir. La unción no nos hace dueños de la Iglesia; nos convierte en servidores de una comunidad que pertenece a Cristo.

El ministerio no es una plataforma para alimentar el ego, sino una responsabilidad que exige humildad, entrega y coherencia.

Y aquí viene una de las contradicciones más dolorosas de nuestra realidad eclesial: hablamos de los pobres, pero muchas veces no estamos con ellos; predicamos la humildad, pero nos cuesta renunciar a nuestros privilegios; anunciamos la fraternidad, pero levantamos muros entre nosotros; hablamos de unidad, mientras alimentamos divisiones, rivalidades y luchas por el reconocimiento.

Nos hemos acostumbrado demasiado a las estructuras y, en ocasiones, hemos olvidado a las personas. Nos preocupa más conservar los cargos que conservar la fidelidad al Evangelio; más defender las posiciones que defender la dignidad humana; más cuidar las apariencias que sanar las heridas de quienes buscan en la Iglesia un refugio.

La imagen de Moisés, Aarón y Jur, narrada en Éxodo 17, 8-13, nos ofrece una enseñanza profundamente necesaria para nuestra vida ministerial.

Cuando Moisés se cansaba y sus brazos comenzaban a desfallecer, Aarón y Jur no se dedicaban a señalar sus debilidades, cuestionar sus errores ni juzgar su cansancio. Se acercaban y sostenían sus brazos para que pudiera continuar con la misión que Dios le había confiado.

¡Cuánto necesitamos recuperar esa actitud dentro de nuestra Iglesia!

Hay sacerdotes que atraviesan crisis personales, espirituales, familiares, emocionales y ministeriales. Sacerdotes que están cansados, heridos, desanimados y que, en ocasiones, están luchando batallas que nadie conoce.

Y, sin embargo, en lugar de encontrar una mano fraterna que los sostenga, encuentran señalamientos, críticas, murmuraciones y juicios. Nos volvemos expertos en identificar los defectos del hermano, pero olvidamos preguntarnos cuánto amor, comprensión y misericordia necesita.

No se trata de justificar los errores, encubrir conductas indebidas o renunciar a la responsabilidad; se trata de recordar que la corrección también debe estar acompañada de caridad, que la verdad no necesita crueldad y que la fraternidad no debe desaparecer precisamente cuando alguien más necesita ayuda.

Un sacerdote en crisis no necesita necesariamente que otro sacerdote le recuerde lo mal que está haciendo las cosas; muchas veces necesita un hermano que se siente a su lado, lo escuche, ore con él y le ayude a levantarse.

Antes de señalar los brazos caídos de nuestros hermanos, preguntémonos si hemos hecho algo para sostenerlos.

La Iglesia no necesita ministros preocupados únicamente por ser importantes. Necesita pastores capaces de hacerse pequeños, de escuchar, de acompañar, de pedir perdón y de reconocer cuando se han equivocado.

Porque el Evangelio no se proclama solamente con los labios: se proclama con la manera en que tratamos al último, al excluido, al que piensa diferente, al que no tiene nada que ofrecernos y también al hermano sacerdote que atraviesa un momento difícil.

Quizá ha llegado el momento de hacer un examen de conciencia ministerial, sin excusas, sin protagonismos y sin miedo a reconocer nuestras propias contradicciones.

¿Estamos sirviendo a Cristo o nos estamos sirviendo del ministerio que Cristo nos confió?

No olvidemos que el día de nuestra ordenación no recibimos un trono, recibimos una cruz; no recibimos un título para estar por encima de los demás, recibimos una vocación para estar al lado de ellos.

El ministerio no debería convertirse en una competencia de santidades, dignidades o perfecciones aparentes. Somos hombres llamados por Dios, necesitados también de gracia, misericordia y acompañamiento.

La Iglesia no está llamada a producir señores de lo sagrado, sino servidores del Reino. Porque cuando el ministerio pierde el amor, la autoridad pierde su sentido y la predicación pierde su credibilidad.

Que nunca seamos sacerdotes que empujan al hermano cuando está cayendo, sino hermanos que, con caridad, sostienen sus brazos cuando ya no tiene fuerzas para mantenerlos levantados.

Que Dios nos conceda volver al Evangelio, sostenernos mutuamente y recordar que el ministerio no es una batalla por el poder, sino una misión compartida.

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