Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte
Hay domingos en los que el Evangelio no solamente nos invita a escuchar la Palabra de Dios, sino que también nos obliga a mirar nuestra realidad, a preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida y qué tan coherentes somos con la fe que profesamos.
En este domingo, en que celebramos la solemnidad de Todos los Santos y nos acercamos también a la conmemoración de nuestros fieles difuntos, Jesús nos presenta las Bienaventuranzas. Nos habla de una manera distinta de entender la felicidad, la santidad y el compromiso con los demás.
Jesús llama bienaventurados a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los humildes, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los misericordiosos, a los limpios de corazón y a quienes trabajan por la paz.
Pero ¿qué significan estas palabras en medio de la realidad que vivimos?
Vivimos en un país marcado por la violencia, la inseguridad, la desigualdad, la corrupción y la desaparición de miles de personas. Vivimos en una sociedad donde muchas familias no saben dónde están sus hijos; donde hay madres que salen a buscar entre la tierra lo que las instituciones no han podido devolverles; donde el miedo se ha instalado en las calles y donde, lamentablemente, el dolor de muchas personas corre el riesgo de convertirse en una noticia más.
Ante esta realidad, el Evangelio no nos permite permanecer indiferentes.
Jesús no nos invita a acostumbrarnos al sufrimiento; nos invita a acercarnos a quienes sufren.
Cuando dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados», no está justificando el dolor ni pidiendo resignación ante la injusticia. Está anunciando que Dios no abandona a quienes sufren y que quienes seguimos a Cristo tenemos la responsabilidad de convertirnos en instrumentos de ese consuelo.
Hoy, al recordar a nuestros difuntos, también debemos pensar en aquellos que no han podido tener una despedida, en las familias que no han podido cerrar un duelo y en quienes siguen esperando una respuesta sobre el paradero de sus seres queridos.
Hay personas que llevan años buscando a un hijo, a una hija, a un hermano, a una madre o a un padre. Hay familias que viven suspendidas entre la esperanza y la incertidumbre. Y frente a ellas, como sociedad y como Iglesia, tenemos una deuda de humanidad.
No podemos hablar de la vida eterna mientras olvidamos el valor de la vida presente. No podemos encender una vela por nuestros difuntos y cerrar los ojos ante el sufrimiento de quienes todavía buscan a los suyos.
Cada persona desaparecida tiene un nombre, una historia, una familia y una dignidad que no puede reducirse a una cifra.
Por eso, cuando Jesús proclama: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados», sus palabras resuenan con fuerza en nuestro país.
Tenemos hambre de justicia para las víctimas, hambre de verdad para las familias, hambre de paz para nuestras comunidades y hambre de instituciones que respondan con responsabilidad ante el sufrimiento humano.
La justicia no es venganza. La justicia es reconocer la dignidad de las víctimas, investigar, buscar, esclarecer los hechos, reparar el daño y evitar que estas tragedias se repitan.
Y aquí es donde nuestra fe tiene que dejar de ser solamente un discurso religioso para convertirse en una responsabilidad social.
Una Iglesia que anuncia a Cristo no puede permanecer indiferente ante las madres buscadoras, ante las víctimas de la violencia, ante las familias desplazadas, ante los pobres y ante quienes viven con miedo. La Iglesia debe ser una casa donde el que sufre encuentre escucha, donde el que busca encuentre compañía y donde el que ha perdido la esperanza encuentre una comunidad dispuesta a caminar con él.
También la conmemoración de la Reforma nos invita a una reflexión necesaria: toda Iglesia necesita examinarse, renovarse y volver continuamente al Evangelio. La Reforma nos recuerda la importancia de revisar nuestras estructuras, nuestras prácticas y nuestras convicciones a la luz de Jesucristo.
No basta con defender una tradición, una denominación o una doctrina. No basta con tener razón en las discusiones teológicas si nos falta sensibilidad ante el dolor humano.
Podemos llamarnos católicos, protestantes, reformados o pertenecer a distintas tradiciones cristianas, pero ninguna identidad religiosa debería alejarnos del mandamiento fundamental de amar al prójimo.
La verdadera reforma comienza cuando somos capaces de transformar nuestro corazón, cuando dejamos de utilizar la religión para dividir y comenzamos a vivirla para servir.
Porque una fe que no produce misericordia necesita volver a escuchar a Jesús.
Y una Iglesia que no es capaz de acompañar el sufrimiento de su pueblo necesita preguntarse qué tan cerca está del Evangelio que anuncia.
Las Bienaventuranzas también nos hablan de los santos. Y quizá tenemos una idea equivocada de la santidad. Pensamos que los santos son solamente aquellos que aparecen en los altares, en las imágenes o en los calendarios litúrgicos.
Pero la santidad también se construye en la vida cotidiana: en quien comparte el pan, en quien perdona, en quien defiende al débil, en quien acompaña al enfermo, en quien no abandona a una familia que busca a un desaparecido y en quien se atreve a trabajar por la paz aun cuando vive rodeado de violencia.
La santidad no consiste en alejarse del mundo para no contaminarse de sus problemas. Consiste en entrar en la realidad humana con el corazón de Cristo, sin perder la esperanza ni renunciar a la justicia.
Hoy recordamos a quienes se nos adelantaron en el camino de la vida. Muchos de ellos fueron personas sencillas, sin grandes reconocimientos, pero que dejaron huellas profundas de amor, generosidad y solidaridad. Su memoria nos recuerda que la vida es breve y que lo verdaderamente importante es aquello que sembramos en los demás.
Pero también debemos recordar a quienes no han podido regresar a casa, a quienes siguen desaparecidos y a las familias que no han dejado de buscarlos.
Que sus nombres no se pierdan en el silencio. Que su ausencia no se convierta en indiferencia. Que sus familias no tengan que luchar solas por encontrar verdad y justicia.
Y que nosotros no confundamos la esperanza cristiana con la resignación ante lo que está mal.
Porque esperar en Dios no significa cruzarnos de brazos. Significa trabajar por un mundo donde la vida sea respetada, donde la justicia no sea un privilegio y donde ninguna familia tenga que vivir el tormento de buscar a sus seres queridos.
Al final, las Bienaventuranzas nos dejan una pregunta que no podemos evadir:
¿De qué sirve nuestra fe si no somos capaces de conmovernos ante el dolor de los demás?
¿De qué sirve hablar de santidad si somos indiferentes ante la injusticia? ¿De qué sirve recordar a nuestros difuntos si olvidamos a quienes todavía están sufriendo? ¿De qué sirve pedirle a Dios la paz si nosotros no estamos dispuestos a construirla?
Este domingo, Jesús nos invita a algo más grande que cumplir con una práctica religiosa: nos invita a vivir de otra manera.
Que la memoria de nuestros difuntos nos haga más humanos; que la realidad de nuestros desaparecidos nos haga más solidarios; que la Reforma nos recuerde la necesidad de renovar nuestra fe, y que las Bienaventuranzas nos enseñen a construir una sociedad más justa, fraterna y misericordiosa.
Que nuestras Iglesias sean espacios de consuelo y no de juicio; de fraternidad y no de competencia; de servicio y no de poder.
Que nunca nos falte el valor de recordar a quienes otros quieren olvidar, ni la sensibilidad para acompañar a quienes sufren.
Y que, cuando Dios nos llame a su presencia, no solamente podamos decir que tuvimos fe, sino que también fuimos capaces de convertir esa fe en amor, justicia y solidaridad.
Porque la santidad no consiste solamente en esperar el cielo; también consiste en trabajar para que haya un poco más de justicia, de dignidad y de esperanza en esta tierra.
Que nuestros difuntos descansen en la paz de Cristo; que nuestros desaparecidos sean encontrados; que sus familias encuentren verdad, justicia y consuelo, y que nosotros tengamos el valor de vivir verdaderamente las Bienaventuranzas.
Amén.




