Llamada por Dios: vocación, valentía y determinación

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Por Rev. María Elena Cristerna / Diócesis del Norte

Cada 8 de marzo, en el Día Internacional de la Mujer, no solo celebramos los logros visibles de las mujeres, sino también aquellas luchas silenciosas que muchas han tenido que enfrentar con fe, valentía y determinación.

Hoy deseo compartir parte de mi testimonio: el llamado al sacerdocio que Dios puso en mi corazón en el año 1999.

Desde muy joven sentí una voz interior que me invitaba a servir más profundamente. No fue solamente un deseo humano; fue una experiencia espiritual, un susurro constante que me decía: “Confía en mí.” Algo muy parecido a lo que vivió el joven Samuel cuando escuchó la voz de Dios en la noche. Yo también tuve que aprender a responder con humildad:

“Habla, Señor, que tu sierva escucha.”

Ese llamado no llegó con aplausos ni con reconocimiento. Llegó con preguntas, con dudas, con temor, pero también con una paz profunda que no podía ignorar.

El camino no ha estado libre de retos. He enfrentado incomprensión y escuchado comentarios que intentaban apagar esa llama:

“Eso no es para mujeres”,

“no es posible”,

“ese no es el camino”.

El prejuicio duele, especialmente cuando proviene de personas cercanas o incluso de la misma comunidad de fe. Sin embargo, con el tiempo comprendí algo fundamental: cuando Dios llama, también sostiene.

En ese proceso recordé a mujeres valientes de la historia que rompieron esquemas y abrieron caminos. Una de ellas fue Sor Juana Inés de la Cruz, quien defendió con valentía el derecho de la mujer al conocimiento y a la dignidad intelectual.

Aprendí entonces que la vocación no depende de la aprobación humana, sino de la fidelidad a Dios. Y aunque el camino ha estado lleno de desafíos, también ha estado lleno de gracia.

En este Día Internacional de la Mujer quiero decirle a cada mujer que lea estas palabras:

si Dios ha puesto un llamado en tu corazón —sea cual sea— no lo ignores.

Los prejuicios pueden ser fuertes, pero la voz de Dios es más fuerte.

La sociedad puede limitar, pero Dios capacita.

Ser mujer también es ser portadora de propósito, de visión y de misión.

Hoy, después de 25 años de ministerio, primero en el diaconado y después en el sacerdocio, doy gracias a Dios por permitirme servir a un pueblo que amo, un pueblo que honra y glorifica su nombre.

La vocación, cuando viene de Dios, siempre encuentra el camino para florecer.

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