Del 4 al 6 de marzo de 2026, en la ciudad de Monterrey , el clero de la Diócesis del Norte vivió un tiempo profundamente significativo: sus ejercicios espirituales anuales. Fueron días de pausa en medio de las muchas responsabilidades pastorales, un espacio necesario para detener el paso, hacer silencio y volver a escuchar la voz de Dios que llama, corrige, anima y sostiene.







Los ejercicios fueron dirigidos por el obispo del Occidente de México, Ricardo Gómez, quien con sabiduría pastoral y profunda espiritualidad acompañó al presbiterio en este camino de reflexión y renovación interior. Sus meditaciones invitaron a mirar nuevamente el corazón del ministerio sacerdotal: servir, amar y permanecer fieles en medio de los desafíos del tiempo presente.
En medio de un mundo marcado por el ruido, la prisa y la constante exigencia, estos días se convirtieron en un verdadero oasis espiritual. El silencio, la oración, la meditación de la Palabra y la fraternidad sacerdotal permitieron que cada sacerdote pudiera reencontrarse consigo mismo y con el Señor que lo llamó.
Los ejercicios espirituales no son simplemente una tradición dentro de la vida del clero; son una necesidad del alma. El sacerdote, que constantemente acompaña, aconseja, escucha y sostiene a los demás, también necesita ser sostenido por la gracia. Necesita volver a la fuente, recordar el primer amor y dejar que Dios vuelva a ordenar el corazón.
Durante estos días se respiró un ambiente de fraternidad auténtica. Más allá de las diferencias de carácter, edad o experiencia pastoral, todos se reunieron como hermanos llamados a una misma misión: anunciar el Evangelio y servir al pueblo de Dios. Fue también un momento para compartir, para escucharse y para fortalecer la comunión que sostiene la vida de la Iglesia.
La presencia del Obispo Ricardo Gómez fue un verdadero regalo para la diócesis. Con cercanía y profundidad espiritual, condujo cada reflexión hacia lo esencial: volver al corazón de Cristo, recordar que el ministerio no es una carga, sino una gracia, y que el sacerdote está llamado a ser signo vivo de esperanza en medio de un mundo herido.
Al concluir estos días, el clero de la Diócesis del Norte regresa a sus comunidades con el espíritu renovado. Los desafíos pastorales siguen siendo grandes, pero también es grande la gracia que sostiene la vocación.
Porque cuando el sacerdote se detiene a escuchar a Dios, vuelve a su misión con más claridad, con más fuerza y, sobre todo, con un corazón más dispuesto a servir.
Los ejercicios espirituales han terminado, pero la experiencia de gracia que se vivió en estos días seguirá dando fruto en cada parroquia, en cada misión y en cada gesto pastoral donde el Evangelio se anuncie con fidelidad y esperanza.




