Por: Pbro. Miguel Cristerna/ Diócesis del Norte
El camino de la Semana Santa apenas comienza, y el Lunes Santo nos coloca en un escenario profundamente humano: el contraste entre el amor que se entrega y la indiferencia que hiere. No es un día de grandes multitudes ni de gestos espectaculares; es un momento más íntimo, más silencioso, pero no por eso menos decisivo.
El Evangelio nos sitúa en Betania, en la casa de quienes aman a Jesús. Allí, una mujer rompe un frasco de perfume costoso y lo derrama sobre Él. Es un gesto excesivo, incomprensible para algunos, pero profundamente elocuente: es amor que no calcula, que no mide, que no se guarda nada. Es un acto que anticipa la entrega total de Cristo.
Pero en medio de ese gesto aparece también la crítica, el juicio, la mirada fría. “¿Para qué este derroche?”, se preguntan algunos. Y así, en la misma escena, conviven dos actitudes: la generosidad que se dona sin reservas y la indiferencia que reduce todo a utilidad, a cálculo, a conveniencia.
Ese contraste no es ajeno a nosotros.
También hoy vivimos entre el amor y la indiferencia. Vemos gestos silenciosos de entrega —personas que acompañan, que sirven, que sostienen a otros en medio del dolor—, pero también encontramos corazones endurecidos, miradas que pasan de largo, palabras que juzgan sin comprender.
El Lunes Santo nos invita a tomar postura.
Nos confronta con una pregunta sencilla pero profunda: ¿desde dónde estamos viviendo nuestra fe? ¿desde la lógica del amor que se entrega o desde la comodidad de la indiferencia?
Amar como Cristo no es fácil. Implica romper nuestros propios “frascos”: nuestro tiempo, nuestras seguridades, nuestras comodidades. Implica dejar de calcular y comenzar a dar. Implica, en definitiva, salir de nosotros mismos.
La indiferencia, en cambio, es más cómoda. No exige, no compromete, no incomoda. Pero también vacía, enfría y nos aleja del corazón de Dios.
En este Lunes Santo, la invitación es clara: dejarnos tocar por el amor que no se mide. Permitir que ese amor transforme nuestras actitudes, nuestras decisiones, nuestra manera de mirar a los demás.
Porque al final, la fe no se define solo por lo que creemos, sino por la forma en que amamos.
Y entre el amor y la indiferencia, el Evangelio siempre nos señala el mismo camino.




