Por: Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte
En el corazón de la Semana Santa, el Evangelio del Martes nos coloca frente a una escena profundamente humana: la traición anunciada y la negación anticipada. En la mesa compartida, donde debería reinar la comunión, se asoma la sombra de la ruptura.
Jesucristo no se sorprende. Conoce el corazón de sus discípulos, conoce sus luces, pero también sus grietas. Sabe que uno lo entregará y que otro, con promesas sinceras, lo negará. Y aun así, permanece. No se retira, no cancela la cena, no excluye a nadie.
Ahí está también Judas Iscariote, cuya traición no comienza con un beso, sino mucho antes, en la oscuridad del corazón que se va cerrando. Y está Simon Pedro, lleno de amor, pero también de una confianza excesiva en sus propias fuerzas. Dos caminos distintos, pero una misma realidad: la fragilidad humana.
Este Evangelio no es para juzgar a aquellos discípulos, sino para reconocernos en ellos. Todos llevamos algo de Judas cuando preferimos nuestros intereses sobre la verdad. Todos llevamos algo de Pedro cuando prometemos fidelidad sin medir nuestra debilidad.
Sin embargo, el mensaje no es de condena, sino de revelación. Cristo no ama porque seamos perfectos, ama aun sabiendo nuestras caídas. Esa es la grandeza del amor que se entrega: no depende de la respuesta humana, sino de su propia fidelidad.
El Martes Santo nos confronta con una pregunta incómoda pero necesaria: ¿desde dónde estamos siguiendo a Jesús? ¿Desde la conveniencia, desde la emoción del momento, o desde una decisión profunda que sabe atravesar incluso la noche?
Porque la verdadera fe no se prueba en los momentos de luz, sino en la hora de la oscuridad.
Hoy es un buen día para dejar de aparentar fortaleza y comenzar a pedir humildemente la gracia de la fidelidad. No la que nace de nuestras fuerzas, sino la que se sostiene en la misericordia de Dios.
Porque al final, no se trata de no caer… sino de no dejar de amar.




