“La voz que devuelve sentido a la noche vacía”

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Por: Pbro. Iván Garza/ Diócesis del Norte

Hay momentos en la vida en los que uno trabaja mucho, se esfuerza sinceramente, entrega lo mejor de sí… y aun así parece que todo queda igual. Es la experiencia del cansancio sin fruto, de la red vacía, de la noche larga que no termina de aclarar. El Evangelio de hoy no evita esa realidad: la nombra con total honestidad.

Los discípulos vuelven al mar. Regresan a lo conocido después de haber vivido lo más grande y lo más doloroso. Y en esa vuelta a la rutina, a lo cotidiano, a lo que “siempre han hecho”, se encuentran con el silencio de la frustración: “no pescaron nada”.

Pero la Pascua siempre sorprende en el lugar menos esperado.

Jesucristo se hace presente en la orilla, no como un recuerdo del pasado, sino como una presencia viva que irrumpe en lo ordinario. No llega con reproches, ni con explicaciones, ni con discursos sobre el fracaso. Llega con una palabra sencilla: “Echen la red de nuevo”.

A veces lo que cambia nuestra historia no es una solución compleja, sino una voz que nos invita a volver a confiar cuando ya no esperamos nada. Y esa obediencia, casi sin fuerzas, abre lo inesperado: la red se llena, la vida se reordena, la esperanza regresa.

Pero el Evangelio no se queda solo en el milagro. Va más profundo. Porque el verdadero signo no es solo la pesca abundante, sino el reconocimiento interior: “¡Es el Señor!”. Es decir, Dios no estaba ausente en la noche, solo estaba oculto en la orilla de nuestra espera.

Y aún más sorprendente: Jesús no solo transforma la pesca, también prepara el desayuno. El Resucitado no se limita a intervenir en la misión; también cuida la fragilidad, el cansancio, la necesidad de sentarse, comer y volver a empezar. Su presencia no exige perfección, sino cercanía.

Quizá hoy el mensaje sea este: Dios no siempre cambia nuestras circunstancias de inmediato, pero sí cambia la manera en que las vivimos cuando lo reconocemos presente.

La Pascua nos enseña a descubrir que incluso las noches sin fruto pueden convertirse en lugares de revelación. Que la rutina no es ausencia de Dios. Que el trabajo cotidiano no es estéril cuando su voz está cerca. Y que la orilla de la vida, donde parece que todo termina, puede ser también el lugar donde todo comienza de nuevo.

Porque cuando Él habla, incluso el vacío responde. Y cuando Él está presente, hasta la red vacía puede convertirse en señal de vida.

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