Por: Pbro. Iván Garza / Diócesis del Norte
La Iglesia que debería ser signo de consuelo y esperanza parece atrapada en una batalla interna que poco tiene que ver con el Evangelio.
La provincia anglicana de México atraviesa una crisis profunda. No provocada desde fuera, sino gestada desde dentro. Una fractura de comunión que se agrava cada día con silencios, desconfianzas y una alarmante incapacidad de diálogo.
Los obispos, llamados a ser principio de unidad, han optado por otro camino: el de la confrontación. No una confrontación franca, de frente y con altura, sino una guerra fragmentada, indirecta, muchas veces disfrazada de prudencia, pero en el fondo marcada por el cálculo y la desconfianza.
Hoy la división ya no es solo perceptible: es innegable.
Por un lado, están los obispos de las diócesis del sureste y del occidente, que permanecen en sus territorios, atendiendo a sus congregaciones, acompañando a su clero, administrando los bienes de la asociación religiosa y custodiando con responsabilidad aquello que les fue confiado. Lo hacen, además, en medio del descrédito, de campañas de desprestigio y de una constante emisión de cartas que, lejos de construir, buscan desacreditar su trabajo y solo han contribuido a profundizar el punto de quiebre.
A pesar de ello, han mantenido una postura clara: insistir en el diálogo, reconstruir puentes, sentarse a la mesa y enfrentar la crisis con responsabilidad y madurez eclesial.
Por otro lado, se encuentran posturas que han optado por una ruta distinta. Desde Cuernavaca, Ciudad de México y una expresión disidente en el norte, no se privilegia el encuentro real, sino la exposición pública. Se participa en actos ecuménicos donde se habla de paz, donde se elevan oraciones largas y rimbombantes por la unidad, donde el discurso es impecable… pero todo queda ahí.
Porque lo que se proclama hacia afuera no se vive hacia adentro.
Esa unidad invocada no se practica. Ese llamado a la comunión no se concreta. Todo termina siendo una puesta en escena, una imagen cuidadosamente construida, una forma de revestir de incienso la figura episcopal mientras, en la realidad cotidiana, prevalecen la distancia, la desconfianza y la confrontación.
El efecto es evidente: un clero dividido. Algunos aún respaldan estas posturas; otros comienzan a dudar seriamente de la palabra episcopal; y no pocos se sienten intimidados en un ambiente que ha dejado de ser pastoral para convertirse en un espacio rígido, controlador, donde incluso se pretende regular relaciones, cercanías y lealtades.
Se generan dinámicas en las que se retira la palabra, se rompen vínculos y se presiona para alinearse con una cúpula, no por convicción, sino por conveniencia o temor. Y eso no es comunión: es control.
Es triste que se incentive el descrédito como método. Que se fomente una religiosidad de apariencia, mientras la espiritualidad —la auténtica— queda relegada. Que la Iglesia corra el riesgo de reducirse a un espacio meramente administrativo, donde portar un alzacuello o una cruz parece suficiente para “ser alguien”, aunque el testimonio diga lo contrario.
Cuando la forma sustituye al fondo, lo que se pierde no es solo credibilidad: se pierde el sentido mismo de la vocación.
Y a esto se suma un problema aún más delicado: la palabra episcopal ha comenzado a perder peso. Cuando se hacen declaraciones categóricas —“Gobernación no los reconoce”, “van a apresar a los obispos por ostentarse como ministros de culto”, “tenemos la razón legal”, “ya están depuestos”, “el primado lo va a resolver”, “los vamos a sacar de los templos y de las oficinas”— y nada de eso ocurre, lo que se erosiona no es solo una postura, sino la credibilidad misma de quienes hablan.
Quedan mal. Quedan en evidencia. Y, peor aún, quedan en ridículo ante un pueblo que observa, escucha y recuerda.
A esto se añade otra práctica igualmente preocupante: el uso de plataformas de redes sociales, como Facebook, para construir una narrativa artificial. Se lanzan ataques sin sustento, se difunden fake news y se intenta imponer una versión de los hechos completamente alejada de la realidad.
Lo que la gente percibe en la vida diocesana cotidiana dista mucho de lo que se publica en las redes “oficiales”, donde se intenta fabricar relatos a la medida, diseñados para imponer una versión como si fuera la única verdad posible.
Se recurre incluso a imágenes cuidadosamente seleccionadas —fotografías rebuscadas, celebraciones en casas o en espacios que no reflejan la realidad de las comunidades— para sostener una narrativa que no corresponde con lo que realmente se vive.
Se anuncian victorias cuando ni siquiera existen procesos legales en curso y, al mismo tiempo, se desacreditan procedimientos que sí están en marcha, calificándolos de inválidos sin siquiera conocerlos a fondo.
Se recurre también a páginas “oficiales” de la Comunión Anglicana, echando las campanas al vuelo por supuestos reconocimientos que, en realidad, son los mismos gestos de cortesía que se otorgan a cualquier provincia en el mundo.
Se presenta como algo extraordinario lo que en realidad es ordinario: el acompañamiento que la Comunión brinda de manera general, sin implicar validaciones especiales ni decisiones jurisdiccionales.
Conviene decirlo con claridad: la Comunión Anglicana es un conjunto de provincias autónomas. Ese “reconocimiento”, entre comillas, no otorga jurisdicción ni personalidad jurídica. Sin embargo, se utiliza como herramienta para sostener una narrativa que no corresponde a la realidad.
El problema no es solo la imprudencia, sino el efecto: se engaña al pueblo de Dios y se confunde al clero. Se difunde información que no es verídica y que, tarde o temprano, termina por desmoronarse. Y cuando eso ocurre, el daño ya está hecho.
Entonces no solo queda expuesta la falsedad, sino también la intención: protegerse, sostener posiciones, ganar tiempo. Y en ese momento, quienes difundieron esas versiones quedan inevitablemente en entredicho por haber desinformado y por haber jugado con la confianza de las personas.
Pero hay un punto aún más grave: el desconocimiento público entre obispos. Declarar “no los reconozco” o afirmar que “están depuestos” no es un acto menor. No solo se pretende borrar a un hermano en el episcopado; se desconoce también a todo el clero y al pueblo que camina con él. Y no se trata de una minoría, sino de una realidad viva, activa, con trabajo pastoral concreto.
Resulta incluso risible que, mientras se ignora a quienes sostienen el ministerio en territorio, se recurra a personas depuestas o ajenas a la vida actual de las diócesis del sureste y del occidente para fungir, entre comillas, como “representantes”.
La diócesis del norte, contra todo pronóstico, está viva. A pesar de los intentos por debilitarla, a pesar de quien ha utilizado la mitra como instrumento de beneficio propio, ignorando las necesidades de las congregaciones, mintiendo, manipulando y tergiversando, sigue siendo una Iglesia que resiste, que trabaja y que camina.
Los resultados están ahí. Es imposible no verlos. El trabajo es medible.
La pregunta es inevitable: ¿hasta cuándo?
Porque prolongar esta lógica no solo profundiza la división, sino que erosiona lo poco que queda de confianza. Y una Iglesia sin confianza pierde su voz.
Es momento de detenerse. De sentarse. De hablar. De corregir el rumbo.
El pueblo de Dios no necesita obispos en guerra.
Necesita pastores.
Quien tenga oídos que oiga !




